Cuento: Navidad al azar


Con los hombros caídos, sentada frente a la pantalla del ordenador, estaba Julia, dando por sentado que su Nochebuena sería como cualquier otra noche del año. Se metería en la cama con el viejo pijama blanco a mirar series en Netflix hasta quedarse dormida. Quizás una copa de vino blanco entre sus manos sería lo extraordinario.

Seguía sintiéndose con un ala rota a pesar de que había transcurrido un año desde la pugna infernal de divorcio. Doce meses enteros de terapia psicológica semanal, escondida bajo un nuevo nombre, en una ciudad lejos de la suya, y a penas estaba aprendiendo a vivir con el dolor y con el miedo al hombre que amó con locura, su verdugo y ahora el culpable de sus congojas.

A las ocho de la noche cerró la oficina y salió del edificio. El cielo estaba limpio y la ciudad iluminada por campanas rojas y verdes que recorrían la calle hasta perderse de vista. El ambiente a Navidad se percibía demasiado, más de lo que ella hubiera querido.

Una corriente de aire frío arrastró un papel blanco que se le aferró al pie como una tobillera:

“Ven a pasar una estupenda Nochebuena en compañía de personas que no se conocen de nada. Hornearemos galletas de mantequilla, compartiremos una buena taza de chocolate caliente, comeremos caramelos y cantaremos villancicos como en familia. Costo por persona: $15″…

—¿Personas que no se conocen de nada? —dijo levantando la voz.

Que idea tan surrealista. ¿Qué tipo de personas asistirían? Se le asomó una sonrisa porque la respuesta era fácil: personas como ella. El lugar estaba a un par de calles de allí. Se miró, ni recordaba lo que se había puesto ese día, botas negras hasta el inicio de las rodillas, falda negra entubada, un jersey rojo de punto grueso y su cabello rubio al ras de los pechos. Caminó pausadamente entre un grupo de adolescentes con gorros de Papá Noel, dándole vueltas a la idea. Miró como una pareja junto a la esquina se fundía en un prolongado beso y cuando se dio cuenta estaba frente a la casa de la extraña invitación. Era una vivienda amplia y modesta, en cuyo tejado había aterrizado un trineo desproporcionado y original. En el jardín se iluminaba un árbol de Navidad que podría verse desde el espacio y en el interior se veían un grupo de personas que parecían a gusto.

De inmediato un hombre calvo, más pequeño que ella y al que solo le faltaba tener las orejas puntiagudas para parecer un elfo, salió al portal a recibirla.

—Bienvenida. Pasa. Me llamo Uriel, es un gusto —extendiéndole la mano. Ella se presentó todavía con dudas —. Llegas justo a tiempo para el horneado de las galletas.

Dentro, la chimenea caldeaba el salón y como un susurro, detrás de las risas y conversaciones, sonaba “We wish you a Merry Christmas”.  Una chica anunció por un parlante que Julia había llegado y todos fueron hacia ella para conocerla. Entonces fue allí cuando conoció a Gerardo. Un sismo de emociones le sacudió el cuerpo cuando él amasó su mano al presentarse. «Unas suaves manos» pensó y se sorprendió a sí misma.  «Mirada exótica» siguió, tenía una evidente heterocromía, un iris azul y el otro castaño, enmarcados por unas cejas gruesas y tupidas. La barba era poco abundante, como la de un adolescente, aunque su edad sobrepasaba los treinta. Le ofreció una copa de vino y se unieron al grupo.

Las actividades en cadena transformaron la noche en una celebración divertida. Julia se había reído tanto que le dolía la cara; todos esos músculos que no ejercitada desde antes del divorcio se habían resentido. Por un momento se dio cuenta que podía respirar sin la estaca del dolor de su pasado atravesada en el corazón.

Pasada la medianoche, mientras todos servían la cena de Navidad, Gerardo se abrazó a la cintura de Julia y levitaron sobre el salón, con la elegancia de un par de gacelas, tarareando “White Christmas”.

 

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