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Treinta Días Muriendo (PARTE 4)

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Mientras la luz roja amontonaba junto a la primera franja del paso peatonal a unas 12 personas, impacientes por llegar a sus hogares para la hora de la cena en familia. Nina recordó en un centellazo la razón por la que se había metido en este pozo de aguas turbias.

Una semana antes, había ingresado al hospital con un dolor punzante en el estómago. Miraba el blanco techo, encandilada por las luces del pasillo, mientras un par de enfermeros la llevaban tendida sobre la camilla hacia la sala de emergencias. Seguir leyendo Treinta Días Muriendo (PARTE 4)

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Treinta Días Muriendo (PARTE 2)

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—Muy bien vecino —respondió Nina para luego devolver la vista al chico tatuado. Examinándolo.
—¿Le asusta mi tatuaje? —pronunció el dueño de la perturbadora imagen.
Nina no titubeó en su respuesta. Ella solo quería saber que significaba, y que mensaje ocultaba, pero no tenía miedo. Seguir leyendo Treinta Días Muriendo (PARTE 2)

Treinta Días Muriendo (PARTE 1)

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Miró a aquel extraño hombre a los ojos y, sin muchas dudas, firmó el papel. El gris profundo en su mirada le infundía temor, y su pálida piel resaltaba en medio de aquella oscura noche sin luna; pero si Nina no aceptaba ese contrato su muerte llegaría irremediablemente.

Así que después de trazar la última letra, soltó la dorada pluma a un lado del papel, y se alejó de ella dando tres pasos hacia atrás. La maquiavélica y aguda risa del hombre rompió con el silencio del bosque, y un escalofrío recorrió la espalda de ella. Acto seguido el hombre, mientras sostenía el papel, sentenció:

—Mi Señora La Muerte siempre cumple su palabra. Sobrevive a ella y obtén lo que deseas. Muere y satisfácela—dijo el hombre, cogiendo con su huesuda mano la pluma, guardándola en un bolsillo de la chaqueta.

Una corriente de viento sacudió el rojizo cabello de Nina, alborotándoselo sobre el rostro. Con dificultad logró quitárselo con ambas manos pero el hombre ya no estaba. Sorprendida, paseó los ojos por los trescientos sesenta grados, y subió a su camioneta decidida a ganarle a la muerte.

Condujo, arropada por aquella fría media noche. Su camioneta cómo un filoso cuchillo cortaba la niebla sobre la carretera. Con la mano izquierda controlaba el volante y con la derecha, temblándole, intentaba desbloquear la pantalla del móvil y llamar a su novio.

«No sé cómo rayos me atreví a esto. El cáncer debe estar dañando mi sensatez», dijo para sus adentros. Había estado frente a un “enviado” de La Muerte, y había sido capaz de mantenerse en pie.

―Nina, mi amor, ¿Estás bien?―respondió su novio Carlos desde el otro lado del teléfono―. Te marqué muchas veces. Estaba tan preocupado después que me contaste tu alocado plan ¿Cómo resultó todo?.

Ella intentaba vocalizar alguna frase. Su garganta aún permanecía aterrada.

―Ya lo hice, firmé el contrato. Ya no hay retorno.

Su novio sabía que ella estaba decidida, y que su terquedad, como siempre la llevaba a meterse en problemas. Pero generalmente salía airosa.

Frente a ella aparecieron las luces de la pequeña ciudad en la que había vivido durante sus veinticinco años de edad. Donde su madre y su padre se conocieron, y donde conoció a Carlos. Era allí dónde también quería morir.

A su derecha pasó en reversa el aviso de “Bienvenidos a Villa de Cisnes”.

―Le daremos guerra a la Muerte Nina. Estoy contigo hasta el final.

―Gracias, Carlos. Estoy jugándome todo lo que tengo: mis últimas fuerzas―dijo Nina con una voz que acariciaba el teléfono.

Colgó la llamada, pero antes le dijo que en escasos kilómetros llegaría a su apartamento.

Agarró el volante de la camioneta con ambas manos, con los ojos bien abiertos. En su mente aterrizó una orden perturbadora, «La Muerte trabaja a toda hora. ¡Ponte en guardia Nina! Las batallas no las ganan los que se quedan dormidos». Puso atención a los espejos retrovisores, y se concentró en lo que hacía.

El contrato decía expresamente que durante treinta días, Nina, sería atacada por La Muerte quién intentaría llevarse su alma, a través de treinta crueles y dolorosas formas de morir, y si ella le ganaba a La Muerte, entonces ésta le curaría el cáncer, y la dejaría vivir hasta su vejez. La Muerte solo quería “jugar”, obteniendo un alma más rápido que esperar a que muriera de cáncer.

Nina comenzó a cruzar el emblemático puente de la ciudad. A ambos lados las calmadas y negras aguas se extendían hasta fundirse con el oscuro cielo. En un pestañeo los postes comenzaron a caerse sobre la calle, uno a uno, halando los cables de alta tensión eléctrica, a medida que ella pasaba. Tomada por los nervios hundió el acelerador. Dando un brusco giro del volante hacia la acera izquierda, montando ambos neumáticos izquierdos sobre ésta. El parachoques delantero de la Jeep rozó la barra protectora del puente dejando a un rastro de pintura roja. Nina con destreza recobró el control y regreso a al asfalto. No había ni un solo auto además de ella. Salió del puente y todo quedó en calma, menos su corazón. Podía haber caído del puente, impactar con el agua, y quedar aprisionada entre la cabina de conducción sin poder salir, muriendo asfixiada luego de que sus tímpanos explotaran por la presión del agua.

Eran la dos de la mañana cuando llego a la entrada del edificio en el cual llevaba viviendo con Carlos siete meses. El vigilante le abrió el paso hacia el estacionamiento. Allí se sintió que recobraba él aliento. Había quedado empapada de sudor durante esa maniobra del puente. Ya no volvería a permitir que La Muerte la agarrara por sorpresa, o al menos lo intentaría.

Entró al edificio y al pie de las escaleras había tres chicos fumando cigarrillos. Nina caminó para presionar el botón del ascensor, pero su mirada fue atraída por un extenso tatuaje que tenía en el antebrazo el chico más fornido.

―Buenas noches―les dijo Nina, deteniéndose con la mano tiesa frente al ascensor.

―Buenas… Buenas―contestó el más joven. Su degadez y altura impresionaban. Casi tocaba con su cabeza el marco de una puerta.

―¿Qué hay vecina?―dijo el dueño del apartamento número 201. Nina y su novio vivían en el 203. El siempre traía amigos de fiesta. Un universitario pasado de edad que no quería crecer.

El tercer chico, era el tatuado. No dijo nada. Tenía el cabello largo, a la altura de la quijada, despeinado, llevaba un aro dorado en el lóbulo de su oreja derecha y vestía una playera negra.

En el tatuaje se mostraba La Muerte vestida con su clásica bata negra, arrodillada frente a una mujer vestida de rojo; la mujer sonriendo, miraba a La Muerte, y en sus manos sostenía un cofre que inscrita llevaba la palabra “almas”. Del cofre volaban espíritus que se dirigían al cielo.

 

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