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Microrrelato: Traficada

Esta Imagen pertenece a cassacrowo.

 

Me encuentro en el “país de las maravillas”. El conejo blanco era mi profesor de inglés en la secundaria. Me sedujo, claro, yo tenía catorce años y corazones en la cabeza. Abandoné a mis padres, para ir tras él, lo que no sospeché fue que en lugar de prisa y un reloj, llevaba drogas y mentiras.

He tenido que conocer ratas, cerdos, orugas, perros… Todos a igual nivel de depravación; hinchados de lujuria, insaciables de mi cuerpo. Seguir leyendo Microrrelato: Traficada

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Microrrelato: Sin Reversa

Su último cliente del día era un grandulón, fofo y calvo, que gemía asido sobre ella como un jinete; mientras Camila fingía en piloto automático, e intentaba distraerse con alguna imagen de los momentos felices junto a sus padres. Aquella grasienta y sudorosa piel adherida a la suya le provocaba una aversión incontrolable. Seguir leyendo Microrrelato: Sin Reversa

Sonrisas Lejanas (Capítulo 3 Un nuevo mundo)

 

 

Una semana había transcurrido desde la llegada de Lucía, Juancho y Greñas a la ciudad. Sus jóvenes pies los guiaron intuitivamente hasta una de las zonas más populosas: Hoteles, centros comerciales, restaurantes, un bulevar, que les parecía el paraíso, un parque de diversiones y un circo. De día el tráfico trancaba las calles, la bulla de los despelotes formados por los vendedores callejeros enardecía a los más sensibles, la gente comprando se arremolinaba de una tienda a otra . Pero en de noche era otro cuento. Seguir leyendo Sonrisas Lejanas (Capítulo 3 Un nuevo mundo)

Sonrisas lejanas (Capítulo 1 Realidad)

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Capítulo siguiente: II

El fragante olor a pastel horneado la llevaba atada por la nariz a través del ancho camino forrado de azúcar. Lucía se inclinó incrédula para saborearla y constató que sí lo era. Alrededor había muchos árboles pequeños de colores vistosos: rojo, amarillo y naranja; y las florecillas que colgaban de ellos eran de caramelo. Arrancó las que pudo hasta llenarse los bolsillos y la boca.

El cielo azul salpicado de nubes color rosa y el sol radiante no encandilaba ni daba calor.

La sonrisa de Lucía estaba congelada y no hallaba donde enfocar sus ojos. A su derecha pasó volando un osito verde que le sonreía mientras se perdía entre las nubes.

«¿Eso era un osito?» —se preguntó a sí misma con asombro.

Se detuvo para mirar unos corazones rojos que rebotaban sobre el aire como si fueran mariposas pasando tan cerca que pudo atrapar uno. Lo mordió, era de gelatina con sabor a manzana.

«Qué delicioso».

Unos pasos más adelante había una casa, ubicada a la izquierda junto al camino. Estaba forrada de grandes galletas cuadradas con frutillas rojas y verdes. Un letrero blanco con una flecha señalaba hacia la casa. Decía: “La Casalleta”.

«¿Será de allí en dónde están cocinando la rica torta?» dijo mientras aspiraba hondo para asegurarse que de allí provenía el hechizante olor, acto seguido atravesó corriendo el estrecho jardín de girasoles de chocolate hasta la puerta de “La Casalleta”. Chocó sus nudillos contra la blanda puerta de galletas la cual emitió un sonido seco y grave. Entonces decidió girar la manilla que no era más que una guinda pero del tamaño de un puño, le provocó morderla, pero se detuvo cuando la puerta se abrió.

─Lucía. Lucía. Despierta Lucía.

Las paredes de “La Casalleta” comenzaron a desmoronarse y luego se cayeron a pedazos. Lucía se sentía desconcertada y empezó a arrugar la cara apretando fuerte los ojos, pero las voces que la llamaban la hicieron abrirlos.

─Estaba tan cerca de encontrar el pastel. ─dijo con extrema decepción.

─¿Qué dices Lucía? ¿Cual pastel? otra vez soñando. Levántate, tenemos que irnos. Los camiones de la basura acaban de pasar hacia el botadero y sabes lo que sucede si nos atrasamos ¿no? ─respondió Marisela mientras recogía los polvorientos sacos.

El sol comenzaba a hendir la oscuridad del barrio con sus rayos en tonos naranjas.

─Mi sueño fue increíble. Había dulces por todas partes, galletas, gelatinas y hasta un oso volador. Todo era hermoso. ¿Marisela crees que existirá una ciudad de golosinas? Quizás pudiéramos ir y quedarnos, seríamos felices para siempre.

─No lo creo Lucía, pero me gustaría que existiera. ─hizo una pausa quedándose agachada mirando a Lucía con una sonrisa tierna─ Pero lo que sí sé es que nuestra realidad es cruel y oscura. Para que nosotros comamos dulces tenemos que hurgar en la basura. Tal vez hoy tengamos suerte y encontremos algunos que valgan la pena. Recoge tus bolsas.

Marisela se ganó el título de guía del grupo, por ser una guerrera, hábil para sobrevivir en las calles y sabía defenderse hasta con las uñas de los pies. Tenía 11 años de edad y su aspecto podía recordar a los anuncios de las modelos con anorexia. Se ató sus cabellos enrulados con una liga que encontró en el basurero, como todo lo que llevaba puesto. Lus gruesos nudos en las puntas de sus cabellos que le hacían dificultoso apretarse todo en un moño.

Lucía se sentó desanimada. A su derecha estaba el fondo del callejón dónde esa noche se quedaron a dormir, detrás de los contenedores de basura. Al caer el sol se ocultaban de las pandillas y de la policía quienes los molestaban para quitarles dinero bajo amenazas. Una vida nómada no era fácil pero era la forma más segura de vivir. Observó cómo un par de perros echaban dientes a una caja de basura, tirando sobre el asfalto los desperdicios. Al otro lado Juancho jugaba con una lata de refresco pegándole con su pies para hacerla chocar en la pared. Él era el único chico del grupo, tenía 9 años de edad, piel de color, labios gruesos y ojos despiertos

─Greñas vámonos, no comemos nada desde ayer en la mañana. Mi panza está gritando ─le dijo Juancho a Marisela como cariñosamente la llamaba algunas veces. Era como una hermana, puesto que antes de llegar allí tenía una hermana mayor que lo cuidaba tanto como ella lo hacía.

Juancho llevaba visible la última marca que su padre drogadicto le hizo en medio de una riña con su madre. La mitad de la cocina estaba destruida y su madre tenía herida la cara, sofocada mientras el le suministraba más golpes. Juancho intentó defenderla pegándole con una olla a su padre en las costillas, pero éste solo enfureció más. Encendió la estufa, sujetando con fuerza la mano derecha de Juancho y la introdujo en la candela viva. Cuando se recuperó de su herida huyó de su casa, empezó a deambular por las calles hasta que al poco tiempo se encontró con Marisela.

Los tres niños caminaron hasta la entrada del callejón para tomar la vía al botadero, con tanta hambre que parecía que la ciudad entera podía despertar con el resonar de sus tripas.