Archivo de la etiqueta: niños de la calle

Una Luz para Frank #cuentosdeNavidad

—¡Ya voy! —gritó Frank con voz ronca. El timbre había sonado por tercera vez, pero a sus setenta años no le parecía buena idea correr.

Era el cartero con una carta certificada. La recibió y firmó la notificación. Tras quedarse solo, abrió apresuradamente la carta. Seguir leyendo Una Luz para Frank #cuentosdeNavidad

Anuncios

Sonrisas Lejanas (Capítulo 3 Un nuevo mundo)

 

 

Una semana había transcurrido desde la llegada de Lucía, Juancho y Greñas a la ciudad. Sus jóvenes pies los guiaron intuitivamente hasta una de las zonas más populosas: Hoteles, centros comerciales, restaurantes, un bulevar, que les parecía el paraíso, un parque de diversiones y un circo. De día el tráfico trancaba las calles, la bulla de los despelotes formados por los vendedores callejeros enardecía a los más sensibles, la gente comprando se arremolinaba de una tienda a otra . Pero en de noche era otro cuento. Seguir leyendo Sonrisas Lejanas (Capítulo 3 Un nuevo mundo)

Sonrisas Lejanas (Capítulo 2 La frialdad)

sonrisas-lejanas-capitulo-2

Capítulos anteriores: I

 

La apretujada ciudad capitalina ya estaba completamente despierta para recibir a Lucía, a Juancho y a Marisela. El espeso frío se apoderaba de sus calles hasta el mediodía cuando el sol posado como un rey sobre la ciudad disipaba la neblina de la montaña que la rodeaba por el sur.

El recién llegado trío parecía polluelos a los que se les había perdido a mamá gallina, y ahora la buscan desesperados. Comenzaron a vagar inflados de esperanzas por encontrar comida y un espacio seguro dónde pasar la noche. Sus aspiraciones no eran más que esas. La ciudad les parecía inmensa brindándoles la sensación de ser libres de sus monstruos familiares pero no ambicionaban nada de lo que sus habitantes bien acomodados poseían.

Los autos circulaban por las amplias avenidas como un extraño río de doble cauce. Lucía se aferró con fuerza a la mano de Marisela, un gesto entendible en una pequeña de 7 años de edad enfrentándose a un lugar no había visto ni en sus numerosos sueños. Ya habían caminado durante una hora, y lo que antes era un conjunto de diminutos edificios que divisaron cuando llegarón a la entrada de la ciudad ahora se íban haciendo más altos y grandes. El hombre que les dió el aventón en su camión de basura desde el poblado hasta el umbral de la ciudad era anciano, delgado, con gafas de lentes gruesos que hacían ver enormes sus verdes y cansados ojos. Éste les dijo antes de despedirse:

«Niños una última cosa les diré. Vayan hacia aquellos edificios» Señalándoles el centro de la ciudad, mientras los chicos escuchaban y miraban con atención.

El anciano tenía 16 años trabajando en los botaderos de esa zona del país les había aconsejado irse de aquel barrio, ya que sabía bien que la mayoría de los niños del basurero habían terminado en las manos de bandas dedicadas a la prostitución o venta de drogas, y a ellos ya los tenían en la lista, en especial a Marisela quién estaba por convertirse en una señorita de 12 años.

«Allí es dónde se mueve la plata de la ciudad y los negocios de todo el país.  Mucha gente va todos los días y es posible que encuentren quién los ayude a cambiar sus vidas. Tengan esperanzas niños, ustedes se merecen un mejor futuro. Dios los acompañe».

Así fue como emprendieron su marcha hacia un mundo desconocido del que pronto conocerían la frialdad.

Una mujer joven y esbelta, de piel blanca que parecía sufrir del mal de piernas inquietas, estaba de pie en el último puesto de una fila de personas que como ella también esperaban la llegada del transporte público para dirigirse a la zona empresarial de la ciudad a realizar sus funciones laborales; se espabiló dando un respingo al ver que los tres pequeños que se acercaban hacia ella, parecía que acababa de encontrar unos repugnantes gusanos dentro de su desayuno. Marisela le clavó la mirada y la mujer no logró mantenerla estremecida de temor. Nadie podía intimidar a Marisela, ella había vivído muchos abusos de su madrastra la cual la había empujado fuera de la casa el mismo día que su padre murió a causa de un cáncer de colon. Ahora ella no permitía ser humillada por nadie y mucho menos por una mujer de revista de modas. Algunas personas de la cola comenzaron a darse la vuelta dándoles la espalda a los niños, el olor hedor a desechos de basura tornaba más díficil el contacto de ellos con la sociedad.

Esa vieja nos miró mal, provoca arrancarle los ojos.

¿Cuál? preguntó Lucía volteando a mirar la fila de personas.

Ya no importa Lucía. Creo que la gente de aquí me va a gustar tanto como un puñetazo en el estómago. respondió.

Greñas pero ésta gente se ve que es de la altadijo Juancho Su ropa es limpia y bonita, nosotros nunca habiamos visto nada de esto allá en nuestro barrio.

Sí, seguro se lavan el culo todos los días, eso es lo único que les envidiodijo Marisela con sarcasmo.

Juancho y Lucía comenzaron a reír sin parar. Juancho con su acostumbrada risa cuando el chiste era bueno, como una canción de un disco rayado que salta y a veces se queda pegado; y la pequeña Lucía con su risa aguda, que contagiaba a Marisela provocándole grandes carcajadas.

Sonrisas lejanas (Capítulo 1 Realidad)

sonrisas-lejanas-capitulo-1

Capítulo siguiente: II

El fragante olor a pastel horneado la llevaba atada por la nariz a través del ancho camino forrado de azúcar. Lucía se inclinó incrédula para saborearla y constató que sí lo era. Alrededor había muchos árboles pequeños de colores vistosos: rojo, amarillo y naranja; y las florecillas que colgaban de ellos eran de caramelo. Arrancó las que pudo hasta llenarse los bolsillos y la boca.

El cielo azul salpicado de nubes color rosa y el sol radiante no encandilaba ni daba calor.

La sonrisa de Lucía estaba congelada y no hallaba donde enfocar sus ojos. A su derecha pasó volando un osito verde que le sonreía mientras se perdía entre las nubes.

«¿Eso era un osito?» —se preguntó a sí misma con asombro.

Se detuvo para mirar unos corazones rojos que rebotaban sobre el aire como si fueran mariposas pasando tan cerca que pudo atrapar uno. Lo mordió, era de gelatina con sabor a manzana.

«Qué delicioso».

Unos pasos más adelante había una casa, ubicada a la izquierda junto al camino. Estaba forrada de grandes galletas cuadradas con frutillas rojas y verdes. Un letrero blanco con una flecha señalaba hacia la casa. Decía: “La Casalleta”.

«¿Será de allí en dónde están cocinando la rica torta?» dijo mientras aspiraba hondo para asegurarse que de allí provenía el hechizante olor, acto seguido atravesó corriendo el estrecho jardín de girasoles de chocolate hasta la puerta de “La Casalleta”. Chocó sus nudillos contra la blanda puerta de galletas la cual emitió un sonido seco y grave. Entonces decidió girar la manilla que no era más que una guinda pero del tamaño de un puño, le provocó morderla, pero se detuvo cuando la puerta se abrió.

─Lucía. Lucía. Despierta Lucía.

Las paredes de “La Casalleta” comenzaron a desmoronarse y luego se cayeron a pedazos. Lucía se sentía desconcertada y empezó a arrugar la cara apretando fuerte los ojos, pero las voces que la llamaban la hicieron abrirlos.

─Estaba tan cerca de encontrar el pastel. ─dijo con extrema decepción.

─¿Qué dices Lucía? ¿Cual pastel? otra vez soñando. Levántate, tenemos que irnos. Los camiones de la basura acaban de pasar hacia el botadero y sabes lo que sucede si nos atrasamos ¿no? ─respondió Marisela mientras recogía los polvorientos sacos.

El sol comenzaba a hendir la oscuridad del barrio con sus rayos en tonos naranjas.

─Mi sueño fue increíble. Había dulces por todas partes, galletas, gelatinas y hasta un oso volador. Todo era hermoso. ¿Marisela crees que existirá una ciudad de golosinas? Quizás pudiéramos ir y quedarnos, seríamos felices para siempre.

─No lo creo Lucía, pero me gustaría que existiera. ─hizo una pausa quedándose agachada mirando a Lucía con una sonrisa tierna─ Pero lo que sí sé es que nuestra realidad es cruel y oscura. Para que nosotros comamos dulces tenemos que hurgar en la basura. Tal vez hoy tengamos suerte y encontremos algunos que valgan la pena. Recoge tus bolsas.

Marisela se ganó el título de guía del grupo, por ser una guerrera, hábil para sobrevivir en las calles y sabía defenderse hasta con las uñas de los pies. Tenía 11 años de edad y su aspecto podía recordar a los anuncios de las modelos con anorexia. Se ató sus cabellos enrulados con una liga que encontró en el basurero, como todo lo que llevaba puesto. Lus gruesos nudos en las puntas de sus cabellos que le hacían dificultoso apretarse todo en un moño.

Lucía se sentó desanimada. A su derecha estaba el fondo del callejón dónde esa noche se quedaron a dormir, detrás de los contenedores de basura. Al caer el sol se ocultaban de las pandillas y de la policía quienes los molestaban para quitarles dinero bajo amenazas. Una vida nómada no era fácil pero era la forma más segura de vivir. Observó cómo un par de perros echaban dientes a una caja de basura, tirando sobre el asfalto los desperdicios. Al otro lado Juancho jugaba con una lata de refresco pegándole con su pies para hacerla chocar en la pared. Él era el único chico del grupo, tenía 9 años de edad, piel de color, labios gruesos y ojos despiertos

─Greñas vámonos, no comemos nada desde ayer en la mañana. Mi panza está gritando ─le dijo Juancho a Marisela como cariñosamente la llamaba algunas veces. Era como una hermana, puesto que antes de llegar allí tenía una hermana mayor que lo cuidaba tanto como ella lo hacía.

Juancho llevaba visible la última marca que su padre drogadicto le hizo en medio de una riña con su madre. La mitad de la cocina estaba destruida y su madre tenía herida la cara, sofocada mientras el le suministraba más golpes. Juancho intentó defenderla pegándole con una olla a su padre en las costillas, pero éste solo enfureció más. Encendió la estufa, sujetando con fuerza la mano derecha de Juancho y la introdujo en la candela viva. Cuando se recuperó de su herida huyó de su casa, empezó a deambular por las calles hasta que al poco tiempo se encontró con Marisela.

Los tres niños caminaron hasta la entrada del callejón para tomar la vía al botadero, con tanta hambre que parecía que la ciudad entera podía despertar con el resonar de sus tripas.